Las contradicciones
de la “meritocracia”

Giancarlo Livraghi – abril 2011

Traducción castellana de Pedro Fernández-Llebrez del Rey – agosto 2011

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En teoría resulta sencillo: establezcamos un sistema “meritocrático” y, mágicamente, todo funcionará mucho mejor. Pero, como dice el refrán: “del dicho al hecho hay un trecho”. Algunas de las cuestiones cruciales no tienen respuestas fáciles. ¿Cómo se puede definir, identificar, reconocer, estimular y recompensar el mérito?

La idea de “mérito” ha existido siempre de una u otra forma. Pero no así la de “meritocracia”. Dicha palabra fue usada por primera vez en 1958 – y fue acuñada, mas bien, como una crítica.

Es posible retrotraernos en el concepto (aunque no en la palabra en sí) a la época de Confucio – u otro antiguo autor chino, Han Feizi – y al experimento diseñado en el segundo siglo antes de nuestra era, durante la dinastía Han, consistente en una serie de exámenes que evaluaban el “mérito” de empleados y directores en un estado burocrático. No resultaba sencillo entonces ni lo es ahora. Dos mil años más tarde, en un contexto social y cultural diferente, todavía estamos encarando problemas similares.

No es una coincidencia casual que ahora en China se esté reevaluando el pensamiento de Confucio. En una difícil transición desde unas reglas burocráticas bimilenarias del estado mandarín a un ambiente, necesariamente, más flexible – y en una torpe coexistencia de un sistema político formalmente comunista con el crecimiento turbulento de un salvaje capitalismo, combinado todo ello con una corrupción generalizada- se hace necesario buscar algún tipo de “meritocracia”. Hasta el momento con escasos o nulos resultados. De todos modos, en el resto del mundo, en culturas y situaciones diferentes, hay complejos problemas y extendidos errores en todas las formas de jerarquía.

A veces se dice que Aristóteles tenía ideas “meritocráticas”, pero mas bien eran ideas “aristocráticas” – que no es lo mismo. También podría considerarse el papel que Platón adjudicaba a los filósofos en la República – pero ésta, también, es una aproximación diferente.


Michael Young y la invención de la meritocracia

En realidad, la palabra fue usada por primera vez, hace cincuenta y tres años, en un interesante libro de Michael Young titulado El ascenso de la meritocracia.

meritocracy
 

No se trata exactamente de un ejercicio de futurología, aunque la historia que se cuenta en el texto se ubica en el futuro. Publicada en 1958, pretende ser la crónica de una revolución que sucede en el año 2034 y de la historia de las causas y consecuencias que, a partir de los sesenta, dieron lugar a una crisis.

Michael Young explica el advenimiento de la “cultura del mérito”, desde 1870, con documentos de hechos y opiniones reales. Sin embargo, obviamente, todas las consecuencias posteriores a la publicación de su libro son ficción.

Está basada en la estructura social y política específicamente del Reino Unido, pero el concepto merece consideración también en otros contextos diferentes. Con una mordaz ironía, cuenta cómo un sistema escolar supuestamente igualitario y basado en el “mérito” puede transformarse en un nuevo tipo de aristocracia hereditaria.

Michael Young imagina que, como consecuencia de las reformas escolares y de un amplio acceso a las universidades, las oligarquías tradicionales se preocuparon por la pérdida de sus privilegios – y recuperaron poder tomando el control de la inteligencia.

Esto crea un profundo, y amplio, abismo entre una minoría mental y culturalmente evolucionada y una vasta mayoría “estupefacta” (idiotizada) por la banalidad de los medios de masas y los deliberados entretenimientos estúpidos.

Algo de esto es lo que sucede actualmente – ver Entetanimiento

Esta discriminación es impíamente selectiva. Los chicos estúpidos de los aristócratas son degradados a las “clases inferiores” mientras que los brillantes vástagos de los plebeyos son adoptados por las familias privilegiadas. De este modo, la masa es privada de los recursos mentales y de organización que necesitarían para enfrentarse al sistema.

No parece haber escapatoria. Pero existe un resquicio: residuos de sexismo tradicional mantienen a demasiadas mujeres inteligentes en un rango inferior al que merecen. Algunos años después de instalado el régimen, jóvenes mujeres aristócratas establecen una alianza con viejos dirigentes sindicales (relegados a las clases inferiores antes de ser privados de inteligencia) y de este modo los desvalidos encuentran el liderazgo que habían perdido.

El levantamiento en Mayo de 2034 es terrible. Pero la historia llega al final antes de mostrarnos un desenlace. Michael Young no nos dice si, y cómo, el “levantamiento de Mayo” produjo algún resultado duradero – y comenta que probablemente es “cien años demasiado tarde”.


Dudas, riesgos y problemas

La historia imaginada por Michael Young está claramente relacionada con tres obras clásicas sobre la degeneración de las sociedades modernas: Un mundo feliz de Aldous Huxley en 1932, y Rebelión en la granja en 1945 y 1984 en 1948 de George Orwell (aunque la palabra “meritocracia” nunca fuera usada en sus libros).

Hay razones importantes como para pensar que una “jerarquía basada en el mérito” más que un recurso es, mas bien, un problema. Sin embargo, la meritocracia, considerada originalmente como una enfermedad, fue posteriormente mas amplia, aunque vagamente, concebida como deseable. ésto, que puede considerarse razonable desde el punto de vista conceptual, es difícilmente asumible si no se entienden bien las complejidades del sistema.

Antes de ver “como puede llevarse a cabo con buen fin” merece la pena considerar otros tres libros publicados sobre este problema.

Uno de ellos podría considerarse una fantasía irónica, aunque el trasfondo es amargamente trágico. The Marching Morons (“La marcha de los imbéciles”) de Cyril Kornbluth, 1951. Él no lo llama meritocracia porque la palabra aún no estaba inventada, pero el concepto es similar.

Se trata de una historia de ciencia ficción sobre un tortuoso personaje que es reanimado de la criostasis en un futuro en el que, debido al control de la natalidad en las clases mejor educadas y a la vasta proliferación de los mas ignorantes, una minoría de personas inteligentes gobiernan una inmensa multitud de idiotas. El travieso “listo resucitado” ofrece a la élite dominante una cruel solución para la sobrepoblación: bajo la promesa de unas vacaciones maravillosas en Venus, embarcar y abandonar a los estúpidos turistas en el espacio vacío. Al final de la historia, el protagonista se convierte en víctima de su propio engaño.

En 2006 este argumento se transformó en una decepcionante película llamada Idiocracia – un torpe intento de mostrar un futuro divertido en el que la inteligencia se ha extinguido y la humanidad es totalmente estúpida. Pobremente concebida y peor producida, la película es incluso mas estúpida que los idiotas de la historia.


El principio de Peter

El título del libro publicado en 1969 por Laurence Peter se ha hecho tan famoso que se cita en los diccionarios ingleses como una “expresión idiomática”. Pero, hasta el momento, se ha hecho muy poco, o nada, para resolver el problema.

Concebido en un ambiente cultural en el que la meritocracia se asume que es el sistema que prevalece – y esencialmente el deseable – el Principio de Peter establece que «en una jerarquía, cualquier empleado tiende a alcanzar su máximo nivel de incompetencia».

Laurence Peter irónicamente define el tema de su trabajo como “la saludable ciencia de la jerarquiología”. Él explica que una organización basada en el mérito tiende a promocionar a cualquier persona competente a un nivel superior. La gente que es buena ejerciendo determinada tarea es ascendida a un puesto superior para hacer algo más. El proceso continúa hasta que cada uno alcanza su nivel de incompetencia – y allí es donde se quedan.

El resultado final no es otro que la constante extensión de la incompetencia. Y la gente competente finalmente ha de rendir cuenta a algún incompetente que entorpece constantemente su trabajo. Las enseñanzas de Peter son ampliamente ignoradas, no solamente porque resulten incómodas, sino también porque a los jefes no les gusta que les digan que se equivocan en la elección y promoción de sus empleados – o, incluso peor, que son ellos mismos los que han alcanzado el fatal nivel de la incompetencia.

Un comentario más extenso del Principio de Peter
se encuentra en el capítulo 6 de El poder de la estupidez.

Actualmente la situación es incluso peor que cuando fue definida por Laurence Peter – porque el concepto de “mérito” es incluso más confuso. Los contratos y las promociones se deben a menudo a la protección de los poderes oligárquicos, al aspecto personal o a intrigas que tienen muy poco que ver con la “competencia personal”. O también a la fuerza dominante de la especulación financiera, como veremos un poco más adelante.


La ley de Parkinson

Otro de los libros básicos que explican “porqué las cosas no funcionan” no contiene la palabra “meritocracia” por la obvia razón de que fue publicado en 1957, un año antes que el de Michael Young.

Con un extraordinario sentido del humor, aplicado a problemas bastante serios, Cyril Northcote Parkinson escribió, principalmente, sobre las equivocaciones en el proceso de toma de decisiones en un sistema jerarquizado. Pero el texto está cuajado de observaciones sobre los cuestionables criterios que se usan para la evaluación y recompensa del mérito.

Por ejemplo, hay un capítulo en La ley de Parkinson llamado La lista corta, o Principios de Selección. Se trata de cómo la gente es elegida para ejercer los puestos de alta responsabilidad – y ofrece una apasionante, a la vez que penosa, descripción de lo ampliamente distribuidos (y también “institucionalizados”) que están los criterios de selección que son absolutamente independientes de la competencia de la persona para desempeñar con éxito la tarea. Sería tedioso citar aquí la extensísima e intrigante lista de ejemplos de Parkinson, aunque no es difícil encontrar síntomas de este síndrome en todo tipo de organizaciones.

En otro capitulo denominado: Ingelititis, o Parálisis Paralítica, Parkinson define una peligrosa enfermedad denominada ingelitencia: el ascenso a la autoridad de personas con una inusual y elevada mezcla de incompetencia y celos. Explica que «la ingelitencia individual es fácilmente reconocible dada la persistencia con la que un individuo afectado lucha por expulsar a todos aquellos más capaces que él mismo» y así la organización «gradualmente se puebla de personas más estúpidas que el jefe» y que solamente puede conducir a un desastre.

Algunas organizaciones pueden sanar de ingelititis solamente cuando un individuo condicionado a ocultar su inteligencia alcanza el puesto más alto y «repentinamente se quita la máscara y aparece como el rey de los demiurgos entre una multitud de hadas de pantomimas». Pero es un caso muy infrecuente.

Finalmente, si la organización no se autodestruye con la suficientemente rapidez, la única solución es eliminarla. «El personal infectado debe ser despedido con una amable y cálida recomendación dirigida a las instituciones que mostraron una particular y hostil rivalidad... En cuanto a los edificios de oficinas lo mejor sería asegurarlos con una buena prima y prenderles fuego».

Y hay otro problema: la enfermedad es contagiosa. Genera «competiciones de estupidez, con las personas tratando de mostrar menos cerebro del que realmente tienen» hasta que se alcanza un estado en el que «de arriba a abajo en la organización no hay siquiera un ápice de inteligencia» y de este modo «la organización está muerta. Podría caer en coma por unos veinte años y descomponerse gradualmente. Aunque, al cabo de un tiempo podría también, teóricamente, resucitar».

Es deprimente comprobar que demasiadas organizaciones descerebradas son mantenidas artificialmente vivas – algunas veces incluso resucitadas, aunque no curadas de demeritocracia.

Mas comentarios y análisis sobre La ley de Parkinson
y otros libros de Cyril Northcote Parkinson
se encuentran en el capítulo 5 de El poder de la estupidez.


El peligro y la perversidad del Darwinismo Social

La abominable escuela de pensamiento, denominada “Darwinismo Social”, fue proclamada por Herbert Spencer y otros economistas del siglo diecinueve. El concepto de “supervivencia del más apto” se deformó hasta dar a entender que la gente de mayor éxito (específicamente los ricos) tenían derecho a una dominación despiadada de los menos ricos, a tratarlos como inadaptados que no merecen sobrevivir, excepto como herramientas o servidumbre del poder.

Actualmente todo el mundo rechaza esta triste teoría, incluidos los economistas. Sin embargo, todavía se aplica despiadadamente en muchas situaciones y de diferentes modos- y más aún en los años recientes.

Hay una estupidez obstinada en la multiplicación de la violencia, de la represión, de la persecución y de la explotación. Hay viejos problemas que permanecen sin resolver. Otros problemas son nuevos, o están creciendo con una torpeza triunfante. La naturaleza humana parece estar abocada irremediablemente a la autodestrucción. Pero no es así.

Desde los tiempos de “La Ilustración” está claro que la ingenua noción del buen salvaje, como imaginaba Jean-Jacques Rousseau, no ha sido corroborada por los hechos ni por la historia. No es cierto que los seres humanos, “buenos” y de buen corazón en su “estado natural”, se convierten en bárbaros y crueles por las modernas civilizaciones. Pero es igualmente erróneo suponer lo contrario: que los hombres son naturalmente egoístas y “malos”- de modo que la conciencia social y la cooperación necesiten ser forzados por la autoridad.

Desde Darwin, los estudios sobre el origen de nuestra especie han progresado considerablemente en 150 años. Un descubrimiento particularmente interesante es el de “el papel central de la confianza en la evolución humana”.

Así se explica en La evolución de la evolución
online en inglés y en italiano

Cualquier especie que se denomine “humana” no es totalmente colectiva ni totalmente individualista. Sobrevive y se desarrolla solamente por el balance dinámico de los dos factores. Sería muy ingenuo creer que la evolución sucede sin contrastes ni conflictos. O que la naturaleza humana está dominada por el altruismo, la solidaridad y el cuidado del “bien común”. Pero tan erróneo sería igualmente asumir que el civismo, la ética, la cooperación y la solidaridad sean contrarios al carácter genético y estructural de nuestra especie. Son necesarios para nuestra supervivencia – e incluso más aún para un tipo de evolución que no es meramente el arte de la supervivencia, sino también del desarrollo y el progreso.

Algunas otras observaciones sobre este tema están
en las partes 6 y 7 de Estupidez: instinto o cultura


Recompensando el demérito: el juego financiero

Un ejemplo descarado de la demeritocracia es la (así llamada) crisis económica en la que estamos viviendo. No está causada por los problemas (ciertos y serios) de la economía real, sino por el miserable dominio del juego financiero que recompensa a estafadores que fingen saber de contabilidad- y a todo aquel que tenga la suerte de acertar con la tendencia cuando una ola especulativa distorsiona las subidas y bajadas del mercado de valores.

Las consecuencias suelen ser catastróficas para el que tiene que recoger las piezas, pero mientras tanto, los jugadores (sino se limitaron a huir con el botín) pueden ser, incluso, promocionados mas allá de sus capacidades (si es que tienen alguna) para dirigir un negocio o producir resultados en el mercado real.

Hay casos desafortunadamente universales que van mas allá del Principio de Peter – casos en los que se promociona a niveles superiores a personas que ya eran incompetentes en sus tareas actuales. Otro problema es la proliferación de uniones, adquisiciones y concentraciones de empresas o capital. De este modo se produce la pérdida de aquellas identidades y culturas que habían hecho triunfar a las compañías originales- la habilidad única de hacer algo mejor que cualquier otro. Algunas personas son despedidas no porque sean incompetentes, sino para evitar duplicidad de funciones en las organizaciones fruto de la fusión (otra razón adicional es que el coste de la adquisición se compensa parcialmente con el recorte en los cargos).

En el hirviente caldero de las mezclas y fusiones, los papeles de las organizaciones¬† se solapan e interfieren entre sí. La gente que es recompensada y promovida no son los mas competentes sino los más favorecidos por la facción dominante. Juegos de poder y maniobras jerárquicas reemplazan cualquier tipo de consideración relacionada con el mérito o la habilidad. Incluso si sobreviven a la masacre, las mejores personas son, a menudo, trasladados a puestos inapropiados- y de algún modo son desmotivados en una ambiente en el que la calidad no importa.

El compromiso no está recompensado, la competencia no está reconocida, todo el mundo se esfuerza por sobrevivir en el círculo vicioso de la intriga y la apariencia. El clásico Principio de Peter se combina con otras disfunciones para hacer las cosas incluso peor.


La aristocracia y otras palabras trucadas

Si nos remontamos a Aristóteles (o, mas generalmente, a las palabras con una etimología griega) encontramos que aristocracia se supone que significa “el gobierno de los mejores”. En teoría es una idea buena y deseable. Pero ¿quién y cómo se decide qué personas son los “mejores”? ¿con qué criterio? La historia nos muestra que, en la práctica, la aristocracia casi siempre se ha convertido en algo mas – privilegios hereditarios, feudalismo, camarillas de poder o designios “desde arriba” raramente basados en cualquier mérito real. Como ha ocurrido con muchos otros conceptos que nacen con “buenas intenciones” pero que degeneran en la pérdida total de su significado original.

También hay aquí, ahora y siempre, un problema de perspectiva. La persona con éxito tiende a adjudicarse el mérito de cualquier cosa que ocurra. Y, por lo tanto, la meritocracia significa realmente la promoción de más de lo mismo.

Hay otras palabras consideradas generalmente como negativas. Tales como plutocracia, autocracia, burocracia. O, utilizando una desinencia diferente, oligarquía, jerarquía, tiranía, dictadura. Sin embargo, aunque conceptualmente despreciadas, siguen multiplicándose, bajo todo tipo de disfraces. Podemos bromear sobre la idiocracia pero no nos van a faltar ejemplos de cómo se ajusta a un buen número de penosas realidades.

El caso peculiar de la monarquía es diferente de los demás. Durante milenios fue una autocracia hereditaria, ampliamente aceptada como un “derecho divino”. En diez países Europeos se ha convertido en “constitucional”, desempeñando un papel de tradición e identidad nacional, pero no de gobierno. Hay muchas más monarquías, de facto, en el mundo – pero hoy día, son sólo unas pocas en las que el autócrata es llamado rey o emperador.

Incluso la democracia, la forma de gobierno mas deseable y menos dolosa, puede a menudo degenerar. Y, a menudo, se usa la palabra para definir sistemas que no son definitivamente democráticos.


Demeritocracia (y qué hacer con el demérito)

La lista de circunstancias y comportamientos que generan y multiplican la demeritocracia parece no tener fin. Cualquiera de nosotros, simplemente atentos a los hechos, podemos añadir ejemplos y buscar las causas. Desde un amplio punto de vista, el mismo concepto se puede aplicar para la estupidez. No puede ser completamente eliminada, pero hay un montón de cosas que podemos hacer para reducir y controlar su poder. Cuanto más sepamos de ella mejor podremos prevenir o evitar sus desastrosos efectos.

Pero existe otro problema. ¿Qué hacemos con los que no merecen o con los que tienen menos mérito? Imaginemos (contra lo que sucede) estar trabajando en un infalible sistema meritocrático. La consecuencia inevitable es que alguien no es elegido – y es dejado sin empleo, o desmotivado por una promoción perdida. Ésto no solamente causa un daño social, sino que también produce una disminución de la eficiencia y la calidad dentro de la organización.

Además de evitar promocionar a los incompetentes, debemos cuidar adecuadamente a la gente que se queda en donde le pertenece. O, mejor dicho, de quienquiera que haga un trabajo necesario e irremplazable, aunque no pertenezca a los más altos niveles de la jerarquía.

Hacerlo mediante mecanismos formales o benevolencia genérica (a menudo hipocrítica) no sirve de nada – y puede ser irritante cuando es banalidad ritual. El cuidado genuino y sincero de los valores humanos es mucho más importante que una ceremonia convencional.

Muy pocas personas carecen por completo de mérito. Pero incluso en ese caso, ninguna sociedad civil puede darse el lujo de ignorarlos. Incluso los criminales deben ser tratados con humanidad. En teoría, esta es la regla – y una opinión compartida por la gente considerada. Pero los hechos están muy a menudo por debajo de cualquier nivel aceptable.

Por otra parte, a menudo sucede que los criterios de selección estardard son incapaces de elegir o de estimular eficientemente, a los mas meritorios. La gente más brillante, la mas inspirada, la realmente innovadora son muchas veces poco convencionales. La impaciencia, la irreverencia, la desobediencia y la falta de disciplina los suele caracterizar. Descubrir y desarrollar talentos es una arte. Tan difícil como precioso.


El mérito no es poder – y, a menudo,
el poder no es mérito

No es un exceso de meticulosidad etimológica preguntarnos a nosotros mismos qué ocurre cuando a la palabra “mérito” le unimos la desinencia “cracia”. Todas las palabras terminadas en “cracia” o “arquia” son, de un modo u otro, peligrosas. Así como el concepto de poder.

Ver La estupidez del poder, capítulo 10 de El poder de la estupidez (y también online).

Para que cualquier organización o comunidad humana funcione adecuadamente, desde el grupúsculo más pequeño hasta el gobierno del planeta, es necesario dotar a alguien con la cantidad adecuada de “poder”. Cuando esto se entiende como responsabilidad, el asunto puede funcionar bastante bien. Pero muy a menudo se convierte en arrogancia. Porque hay un mecanismo, en la naturaleza del poder, que funciona como una contra-evolución – favorece al mas inepto.

¿Cómo se obtiene el poder? Algunas veces incluso sin querer. Son elegidos por otras personas, porque las otras personas confían en ellos. Ostentan un liderazgo natural y sentido de la responsabilidad. Este proceso tiene buenas posibilidades de recompensar el mérito, generando poder merecido y motivado. Pero existen muchos menos ejemplos de este “poder inteligente” de los que nos gustaría ver.

La razón es que existe una “competición” por ganar y conservar el poder. Una lucha por el poder, agresiva, muchas veces feroz, a menudo ansiosa, siempre problemática.

La gente que no busca el poder per se, sino que están más concentrados en sus responsabilidades haciendo cosas buenas por los demás, gastan menos tiempo y energía en conseguir mas poder – o incluso agarrarse al que ya tienen. Los que tienen ansia de poder, independientemente de su impacto en la sociedad, se concentran en la lucha por el poder. Con consecuencias que no son, en absoluto, meritocráticas.

Como dijo Friedrich Nietzsche, «la gente paga un precio muy alto por el poder: se convierten en estúpidos». El poder es una droga adictiva. Las personas poderosas frecuentemente adolecen de megalomanía. Tienden a pensar que “puesto” que son poderosos son también mejores, más hábiles, más sabios, que la gente ordinaria. También están rodeados por una cohorte de seguidores, aduladores y oportunistas que aumentan su ilusión.

Las víctimas de este mecanismo perverso no son solamente la “gente ordinaria” sujetos de los caprichos y abusos de los intermediarios y de los poderes de arriba. Muy a menudo lo son también las personas superiores que se convierten en prisioneros de su entorno.

Por esta razón es por lo que nunca podemos confiar totalmente en el poder. No debe ser admirado, reverenciado o incluso respetado sin estar absolutamente seguros de que quienquiera que detente el poder realmente se lo merece.

¿Qué sucede con la meritocracia? Sería estupendo si pudiéramos encontrar un modo de otorgar responsabilidades solamente a aquellos que se lo merecen porque tienen el “mérito” apropiado. Desafortunadamente es difícil. Pero aún existe otro problema de concepto.

Puede haber (y de hecho hay) gente con méritos extraordinarios que carecen de la habilidad o del deseo de “poder”. De ahí que un sistema “meritocrático” necesite entender, reconocer, recompensar correctamente, y admirar afectuosamente el mérito de aquellos que nos ofrecen contribuciones maravillosas sin tener, o querer, ninguna “cracia” o arquía” de ningún tipo.

En un sistema armonioso e inteligente podemos entender, y usar eficientemente, las diferentes aptitudes y habilidades. Algunas personas pueden tener un talento organizativo mejor, y por tanto capacidad para la dirección, sin que necesariamente tengan un “rango” superior a otras que, de otro modo, también hacen contribuciones igualmente importantes.

La superioridad de tales sistemas esta probada abundantemente. Pero desafortunadamente las estructuras jerárquicas aún prevalecen. Son mucho menos eficientes, pero burócratas – y directores (o jefes) demasiado motivados por sus propias carreras en vez de por adquirir cualquier tipo de valores cualitativos buscan su disfrute.


Las ambigüedades del “mérito”

Una pregunta crucial es ¿qué entendemos por “mérito”?

Cuando un sistema intenta ser formalmente meritocrático está forzado a depender de un mecanismo rígido y aritméticamente medible. Algo así como exámenes típicos o métodos de evaluación. Del mismo tipo de los usados para medir los “coeficientes de inteligencia” – que notoriamente, no funcionan. Por varias razones, incluyendo la parcialidad cultural que recompensa la conformidad y reprueba la diversidad, se promueve la obediencia y se desacredita la independencia de juicio, se aprecia el hábito y no se entiende la innovación.

Con este tipo de educación convencional la oligarquía imaginada por Michal Young correría el riesgo de una deriva progresiva hacia la apatía y la complacencia. Pero no necesitamos imaginar escenarios para entender el problema. Hay ejemplos reales de culturas que gradualmente se degradan en hábitos y dogmatismos por su desidia, o inhabilidad, para entender el mérito (y la inteligencia) de personas e ideas que no se ajustan a sus prejuicios.

Necesitamos entender también, que no puede existir un concepto universal de “mérito”. La misma persona que puede ser excelente para una determinada tarea, es inadecuada para otra. Cualquier definición rígida de tareas y responsabilidades conduce a la ineficiencia.

(Durante toda mi vida he sostenido que los organigramas no sirven porque las personas no somos rectangulares – y he tenido la suficiente suerte de experimentar los sobresalientes resultados que pueden conseguirse si se adaptan las estructuras a los recursos humanos y no viceversa).

Estamos completamente invadidos por una perversa diseminación de la demeritocracia. Los problemas han existido siempre – y los entenderíamos mucho mejor si no fuéramos tan olvidadizos o desdeñosos con las lecciones de la historia.

Pero también necesitamos entender que el problema que encaramos actualmente es diferente de cualquier otro que hayamos experimentado en el pasado.

Las razones de las diferencias se explican
al final de Estupidez: instinto o cultura
y también en Estupidez y biología.

Es esencialmente una cuestión de tamaño. La humanidad no ha sido nunca tan numerosa – y con tanta influencia sobre el ambiente de la totalidad planeta.

Todavía necesitamos aprender todo lo que podamos de nuestra historia y prehistoria, de la antropología, la biología, geología y ecología. Pero también necesitamos entender que es una situación de la que no tenemos experiencia previa. La demeritocracia se ha convertido en insostenible. Es tan típico como inquietante que en tal emergencia hayamos perdido la confianza y nos limitemos a pasar la pelota (cuando algo no funciona el culpable es algún otro).


Es difícil, pero no una utopía

Está bastante claro que el concepto de “meritocracia” es cuestionable – y puede ser entendido de muchas maneras diferentes. Pero eso no significa que sea equivocado. Muy al contrario, cuando funciona no solamente es sociable y moralmente deseable sino que también produce excelentes resultados.

Quienquiera que tenga una experiencia práctica de vivir y trabajar en ambientes donde existe respeto mutuo, fuerte motivación y reconocimiento del mérito sabe lo placentero que es esto y cómo se genera calidad. Pero la percepción y la atmósfera es más emocional que racional, mas instintiva que ritual, mas humana que procedimental. Y sí, ahí está el problema. Es muy difícil, probablemente inalcanzable, entender y manejar el mérito con criterios formales, burocráticos y estandarizados. Es tema de la meritocracia ha sido, y continúa siendo, ampliamente debatido.

Muchos están convencidos, con buenos argumentos, que es una utopía.

Desafortunadamente así es, si imaginamos que pueda ser aplicable de una manera homogénea y universal a cualquiera y a cualquier tema con unos criterios similares y unas normas rígidas. Pero ello no significa que sea imposible.

Con flexibilidad y sentido común, simpatía y sensibilidad, podemos realmente entender y estimular el mérito – mucho mas y mucho mejor que como se hace en la mayoría de las organizaciones (incluyendo aquellas que piensan que son, o pretender ser, meritocráticas). Y también en todo tipo de relaciones humanas.

Más que un método es una idea. Más que una disciplina, un ideal – y como tal inalcanzable como “perfección total” pero que merece el esfuerzo para llegar a lo más alto posible.

Podríamos, si realmente lo intentamos, conseguir progresos substanciales para reconocer y estimular el mérito, dondequiera que se halle. Cualquier esfuerzo en hacerlo así, por sí mismo, ya es admirable – aunque incluso “en el mejor de todos los mundos posibles” nunca podríamos ser capaces de descubrir a todas las personas que, sin tener ni buscar la notoriedad, están mejorando alguna parte, grande o pequeña, del mundo en que vivimos.

Probablemente nadie erigirá un monumento a todos aquellos generosos “desconocidos”. Pero merecen nuestra eterna gratitud. Sin ellos, estaríamos próximos al destino de los dinosaurios.




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